Moscas

JENNIFER THORNDIKE

1
Aprendí a apreciar la compañía de las moscas. En un principio eran muy molestas, con ese zumbido que penetraba en mis músculos, adormecidos por la posición en la cama donde mi cuerpo, mis huesos, se aferraban a los tuyos con vehemencia. Ese espacio no nos podía contener. El pasado —como las moscas— daba vueltas sobre nosotros. Quizá estaba pudriéndose mi cuerpo mientras te esperaba rodeada de esos insectos que se deleitaban atormentándonos.

Una tarde, unas cuantas se habían acomodado en tu cabeza mientras dormías. Comencé a observarlas con detenimiento. Miré sus cuerpos divididos en tres partes, sus alas transparentes, sus patas largas dejando huellas amarillas de porquería y del pasado. De ese «ahora no es el tiempo de querernos» que repetías y que ahora martillaba mis oídos y hacía latir la parte interna de mis ojos. Moscas amarillas y asquerosas que intenté espantar, pero que se aferraban a los rastros sobre tu cabeza, como yo me aferré a tu compañía. Y observándolas comprendí que debajo de sus huellas nauseabundas estabas tú. Nosotros éramos esos cuerpos trenzados en la cama que abrían una grieta entre el pasado y el futuro; entre las moscas que contaminaban el ambiente y lo sano que debía emerger de lo infecto. Fractura y emergencia. No era aún el momento adecuado. «Voy a convencerla. No quiero tener vínculos, no con ella», dijiste. Vínculos, ataduras insanas. Las moscas seguían entrando y saliendo sin que yo las pudiera detener.

2
La habitación había sido invadida por moscas porque tu gata defecaba y orinaba en todos los rincones. La defendías diciendo que cuando empezó a vivir en tu casa, tres meses atrás, era ya demasiado vieja, y por eso nunca pudiste enseñarle a utilizar la caja de arena que le habías comprado. Ahora la gata decrépita dejaba las heces, el orín, el olor que atraía a las moscas por toda la casa. Por eso siempre estabas con la escoba y el recogedor. Y yo batiendo una toalla en el aire para que los insectos no nos confrontaran con el duelo de esa historia antigua que avanzaba en su estado de putrefacción.

A mí la gata me era indiferente, aunque a veces compartía con ella las galletas que comía mientras esperábamos a que te metieras a la cama junto a nosotras. Me acompañaba, pero, como siempre, iba rodeada de su séquito de moscas. Entonces yo la empujaba y ella se escondía debajo de la cama. Mientras tanto, más y más insectos voladores salían y nos rodeaban. Se posaban sobre nosotros para infectarnos con su suciedad. Entonces quería llorar, llamarte a gritos para que vinieras con la escoba y el recogedor porque la gata —otra vez— había ensuciado todo ese espacio y yo no sabía qué hacer. Las sílabas salían de mí fracturadas, entrecortadas y heridas. Y en el dolor, las moscas me rodeaban de nuevo. En tu ausencia aprendí que sin ellas tanta espera se hubiera vuelto más insoportable. Llegué a tu vida para esperarte, y mientras esperaba me convertí en otra. Aprendí en tu ausencia que, sin ellas, la espera se hubiese vuelto incluso más insoportable. Y yo te gritaba, te reclamaba, a veces incluso quería salir corriendo, cerrar la puerta y no volver nunca más. Tú respondías de la misma manera, pero me perseguías por la calle para que regresara a ocupar esa cama que nunca fue de los dos. Nuestras expresiones de arrebato ponían en peligro permanente la estabilidad que intentabas construir. Me pregunté si las moscas me acompañaban a mí porque comenzaba a descomponerme por la espera, o si te rodeaban a ti porque esperabas a alguien que no era yo. No sabía si la persona a la que querías aferrarte era ella o yo. No sabía si podías enfrentarte a ella y su insistencia o a mí y mis reclamos. A veces nos poníamos a llorar sin parar, rodeados de moscas que parecían querer absorber nuestras lágrimas.

3
He ido y he vuelto de esa cama varias veces. La primera vez que regresé fue porque había dejado una lata de cerveza en tu refrigeradora. La quería tomar contigo, abrazados hasta la madrugada. Porque fue instantáneo; porque esa reunión de nuestros cuerpos insensibles nos diluyó y compuso una unidad aparentemente irrompible. Nosotros, después de ese amanecer, nunca fuimos los mismos. Por eso dejé la última lata de cerveza. Para volver, para ser uno solo nuevamente.

La noche final me llamaste casi de madrugada. Desde que te conocí, el teléfono siempre estaba encendido. Quería que el timbre me arrancara del adormecimiento con un susto. Y que ese susto estuviera acompañado de tu voz pidiéndome que fuera a verte. Me llamaste de madrugada y yo salí. Seguí los mismos pasos, tomé la misma ruta con los mismos músculos entumecidos por la humedad de la ciudad, huyendo de una casa impenetrable en donde no entraban moscas, pero donde se descascaraban las paredes. Te lo dije alguna vez: en ese lugar sin aire no sólo se descascaraba la pintura, sino también yo. Y pasé una de mis manos por mi cabeza. Mis dedos se enredaron en una mata de pelo que se desprendió. «Espera», respondiste. «Por favor, espera, confía», dijiste. Esa noche, con las manos en los bolsillos y las pantorrillas adoloridas que soportaban mis pasos cansados. Quería verte. No necesitaba más y estaba bien. Avancé. En la esquina un ómnibus gritaba la ruta que me llevaría a tu lado, sin saber que quizá sería la última vez que te vería.

La noche final toqué el timbre, y en lugar de lanzarme la llave por la ventana, como siempre hacías, bajaste para darme un beso largo. Nunca me habías besado. Pensé que quizá era una despedida. Subimos y nos echamos en la cama. Dormimos. Tú primero, mientras yo escuchaba que dos moscas volaban hacia tu cabeza, lugar que parecía su favorito. Una de ellas aterrizó y comenzó a caminar por el tabique de tu nariz hasta que se detuvo en tus labios. Tú no parecías sentir nada. No te afectaban las moscas, su zumbido, su asquerosidad. Sólo despertaste cuando sentiste mi manotazo sobre tu cara. Intenté defenderme diciendo que una mosca pretendía entrar a tu boca. Seguro quería penetrar dentro de ti, anidarse y reproducirse. Sentí nauseas. Tú te volteaste y me diste la espalda. La mosca que se había posado en tus labios se quedó largo rato sobre tu hombro. La otra, que no había logrado alcanzarte, zumbaba sobre mi cabeza.

4

La mañana posterior a la noche final, amanecí encajada en ti, con tus brazos rodeándome y tu respiración agitada sobre mi columna doblada y anexada a tu cuerpo. Nos habíamos ocupado el uno al otro en una invasión que se traducía en un peligroso estado de posesión. Abriste los ojos y me dijiste que el momento de volver a verla había llegado. «Ella tampoco quiere tenerlo. Tengo que acompañarla, estar con ella, ayudarla a que todo esto termine», dijiste. Tenías que verla para recomenzar conmigo, para acabar con los lazos entre ustedes. «Ella no quiere tener a ese niño —repetiste—, yo tampoco». Cinco moscas se posaron formando un círculo sobre mi pierna. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Y no se movieron cuando me levanté y agarré a la gata para llevármela. «¿Dónde vas?». La gata quería saltar de mis brazos, pero la agarré del pescuezo para que sintiera la falta de aire que contraía mis pulmones. No tengo nada que hacer aquí, no tengo nada que sentir, no tengo nada que saber. «Tres meses después recién te avisa eso. No tiene sentido», gruñí. Me descascaro como la casa, como el arrebato, como la ocupación de nuestros cuerpos. Desaparecer las ataduras del pasado no es tan fácil. Quedan secuelas. El trauma compartido. El crimen como vínculo. Me aferré a la gata y a sus moscas. Salí corriendo con ese animal que había estado contigo en tus peores momentos. Yo no te tendría a ti, pero tú no tendrías a la gata. Yo me quedaría con ese animal que lamería mis mejillas y no las tuyas. La insensatez de encontrarnos el uno contenido en el otro había terminado.

5
Yo me alejaba con la gata secuestrada entre mis brazos. Sabía que todo había terminado; que la espera se había empozado en mis extremidades y ahora se evaporaba para dejarnos partir a paso ligero. Ella iba a convencerte de que ese final no era el único posible, que podían seguir adelante, intentarlo otra vez. Y yo con la gata que chillaba sin parar. Sin parar: como tú diciéndome que confiara, que volveríamos a estar juntos en esa cama que fusionó nuestro dolor y nuestra pasión. Con las moscas alrededor como nítida señal de que aún quedaba algo por resolver.

La gata gemía sin parar. A medida que me alejaba de nuestro espacio, la extinción de nuestra forma unitaria era inminente. Quería soltarla para que la atropellara un carro, para que se fuera tan rápido como llegó a ti. Animal vagabundo, se había metido por tu ventana abierta, poco después de que ella se marchara, como si la extraña sustitución hubiera sido planificada. Se metió por tu ventana para echarse a tu lado y frotar su cabeza contra la tuya. Le diste unas galletas y ella se quedó contigo en tu dolor, que es sobre todo el mío. Por eso tenía que llevarla a mi casa: para que la llenara con esas moscas que, de ahora en adelante, serían el recuerdo de mi espera.

«¿Qué esperas de mí?», repetías la pregunta mientras estábamos juntos, y yo siempre levantaba los hombros. Todo. Nada. Ahora el deseo se convertía en una carga absoluta que se acumulaba en la parte baja de mi espalda. Ese día, con la gata secuestrada en los brazos, supe qué era lo que esperaba. Pero la gata no frotó su cabeza contra la mía hasta que entendí que aquello se había quedado en esa habitación llena de moscas y de nuestra historia, que ahora era irrepetible.

6
El suelo se siente frío y está sucio. Orines y heces de gata. Los primeros días comió galletas, después los muebles. De rato en rato lame mis mejillas y mordisquea los dedos de mis pies porque creo que le gusta el sabor salado de la sangre y de mis lágrimas. Ahora ya no come, pero sigue defecando para atraer a las moscas.

Yo me he quedado esperando otra vez, pero ahora espero que mi deseo sea el que termine conmigo; que me consuma hasta convertirme en carne ennegrecida, en piel descascarada. Y que luego ese mismo apetito se escape de mi cuerpo inerte, y salga al acecho de ti para que por fin me busques, para que regreses y no encuentres nada más que a tu animal comiéndose lo que queda de esta casa arruinada.

Han pasado once días. Quisiera saber si te preguntas por mí. O si al menos te duele mirar la escoba y el recogedor porque me llevé a la gata y ya no tienes nada que limpiar. Me pregunto si las moscas han huido de la habitación. El teléfono ha sonado varias veces, quizá alguna llamada haya sido tuya. La gata tiene hambre, se ha recostado a mi lado. Parece que desea morir antes que seguir soportando los retortijones en el estómago que yo también siento, pero que ignoro, porque el desmembramiento de las otras partes de mi cuerpo duele más. La fractura de la anexión de nuestros cuerpos me ha destrozado. Entonces, el estómago no importa, lo que importa es mi columna rota en once pedazos insoldables, uno por día.

Hay moscas en mis piernas. Otras pasan frente a mis ojos y se posan en el suelo en grupos. Parecen estar planeando colonizar este espacio donde yo no soy más que un obstáculo que debe ser eliminado. Cada vez vienen más. Algunas entran y salen por la ventana rápidamente, otras se quedan conmigo. Las más osadas chocan contra mí como queriendo empujarme a salir de ese espacio frío donde quieren comenzar a reproducirse.

¿Cuántas se han quedado en la habitación que compartimos? ¿Cuántas rodean el pantalón rojo de pijama que dejé olvidado sobre el sillón? Cuando lo veas debajo de la ruma de ropa, quizá te preguntes qué pasó conmigo, qué fue de tu gata. Y vengas. Y abras la puerta. Y me encuentres rodeada de moscas; tantas moscas como cuando vivían a nuestro alrededor, antes de que ella reapareciera para contarte lo que por un tiempo había ocultado. Y me saques de este espacio al que ahora tampoco pertenezco.

7
Una vez hablamos del nombre que le podríamos a una hija tan inexistente como nuestra relación suspendida y ficticia. Una hija, un vínculo conmigo. Dijiste que le íbamos a poner el nombre de la gata, en honor a ella. «Pero si la gata no se ha muerto, ¿cómo va a ser en honor a ella?», pregunté. Y tú insististe en el nombre y a mí me molestó. La gata y sus moscas eran el recordatorio de un pasado inconcluso que yo había llegado a interrumpir cuando puse mi cepillo de dientes en tu baño. Ahora la gata se ha echado a mi lado y parece que ha dejado de respirar. La pateo hasta que su cuerpo queda debajo de un sillón mordisqueado, dejando un halo de pelos que las moscas rodean para confirmar su estado de descomposición.

Quince días y he aprendido a disfrutar de la compañía de las moscas, ahora que el zumbido de sus alas es lo único que intenta colmar el vacío que existe en la casa. Escucho unos pasos. Algunas moscas levantan vuelo asustadas. Otras te rodean cuando tomas mi mano entumecida, como una garra que lleva demasiado tiempo en la misma posición. Todo ha terminado. «Vámonos», escucho. Dijiste que habías limpiado la habitación. Que nada impedía que pudiera volver a ella. Tomé tu mano y me levanté. Fue como si mis pies se apoyaran sobre un montón de cadáveres. Había decidido caminar sobre ellos.

SOBRE LA AUTORA

Jennifer Thorndike

PERÚ

“En mi caso, la vocación apareció desde muy joven”. Esta peruana (Lima, 1983) arrancó en el difícil arte de la escritura a los 14 años y ya ha publicado dos novelas y dos libros de cuentos, reflejo de su preferencia por estos dos calibres literarios.

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