La vida sin limones

JESSE TOMLINSON

Traducción de MARTHA SCHMIDHUBER

Yo soy una emigrante.

He vivido en Guadalajara, México, por ocho años. El limón amarillo ácido tan popular en Canadá aquí no existe.

Originalmente soy de Ottawa, Canadá, el gran norte blanco. Aunque si estás en Canadá y dices el «gran norte blanco», por supuesto que no te refieres a Ottawa. Significa cerca del círculo polar ártico, más allá de las ciudades y gran parte de los servicios, viviendo bajo temperaturas gélidas casi todo el año.

Parece que cuanto más al norte vayas en el continente americano, más separada y misteriosa se torna la parte del sur. No obstante, moverse para el lado contrario incita sus propias ideas caprichosas sobre la vida norteamericana. La nieve es hermosa pero a la vez un poco aterradora, y las casas de dos aguas y las ciudades limpias de Canadá parecen tan perfectas y bien administradas… Vemos al mundo desde donde estamos; es difícil no hacerlo. Dondequiera que estés físicamente afecta de manera directa cómo comprendes y percibes tu entorno geográfico, social y emocional.

Canadá puede ser un país distante y confuso para los residentes de Guadalajara. Todo funciona allá. ¡No hay corrupción! (Todavía hay corrupción). El transporte público tiene horarios específicos y siempre funciona a tiempo, ¡hasta el último minuto! (aunque leí sobre un tranvía que se quedó atorado en una vía 12 minutos en el centro de Toronto recientemente). Puedes confiar en el gobierno (¿Acaso puedes confiar realmente en un gobierno?).

Como extranjera, recibo preguntas predecibles de gente que me conoce por primera vez. Con frecuencia, lo primero que escucho es:

—¿De qué parte de América eres?

—De la parte más al norte —contesto—, Canadá.

—¿Allá nieva en el verano?

—No, ésa es Australia.

Cuando hablamos del norte aquí en Guadalajara, a menudo significa el norte de México. Y cuando realmente estás allí, el norte puede significar los Estados Unidos. Pero en Canadá se habla de ese mismo norte como el sur. Texas está hacia el sur para Canadá pero hacia el norte para México.

Mudarte a un país y una cultura nuevos significa un nuevo «tú». Me mudé a Guadalajara cuando tenía 24 años. Mi mamá es canadiense de primera generación, lo cual significa que sus padres fueron inmigrantes, nacidos fuera de Canadá. Rompieron completamente con las raíces que los unían a Inglaterra y Rumania, sin nunca volver a donde nacieron. Por el lado materno, mi abuelo Mischa cortó todos los lazos de idioma y cultura para asegurar que sus hijos fueran realmente canadienses. Mischa nunca enseñó a sus hijos rumano, ni siquiera una sola palabra. No quería que sus hijos tuvieran acento en inglés para evitar que los juzgaran como desplazados.

Así que crecí como canadiense, anclada también en esa maravillosa mezcla que puede ser cualquier cosa y cualquier persona. Respeta las leyes y completa tus trámites con lujo de detalle, habla inglés y francés, estudia en escuela pública y ponte a trabajar en el invierno porque oscurece a las 4:30 p. m. cuatro meses del año.

Estudié español en la preparatoria y en la universidad, y me encantó porque le encontraba sentido. No había tantos acentos como en francés, no más terminaciones eaux y se pronuncian todas las letras, ¡bendito sea el español! Se me fueron abriendo los ojos hacia más países. Ya no era sólo la Commonwealth o París o CôteD’Ivoire o incluso Bélgica. Todo era América. Soñaba con mudarme a un país hispanoparlante. Y lo hice.

Mis experiencias en México se forjan por haber vivido en el gran norte blanco durante el primer cuarto de siglo de mi vida, donde adquirí las perspectivas, los sesgos y la desinformación de alguien que ha vivido en un país desarrollado desde nacimiento.

El cambio de perspectiva es como voltear un reloj. El tiempo transcurre distinto en México. La gratitud ha reemplazado el deseo para mí en muchos casos. La falta de familiaridad es reconfortante. Es un privilegio increíble ser parte de una sociedad distinta a la de mi nacimiento.

—¿De verdad te gusta estar aquí?

—Claro —respondo—, adoro México.

—¿Qué es lo que más te gusta de México?

—Me encanta por todas las formas en que se diferencia de Canadá.

Pero todo es cuestión de decisión, ¿qué no? Yo elijo estar aquí. Mi experiencia es completamente distinta a la de un refugiado, un trabajador migrante, un padre que trabaja en Estados Unidos para enviar dinero a su familia o un adolescente que intenta escapar de las pandillas. No soy como aquellos que intentan salir de Centroamérica, quienes venden sus cuerpos para ir más al norte. No estoy huyendo de abuso o violencia. No me han obligado a dejar a mis hijos en las Filipinas mientras trabajo como niñera en Canadá. No se quemó mi casa. Mi mamá no me llevó a México, me abandonó y se regresó a Canadá. No soy una novia menor de edad. No escapé en una lancha.

Me mudé a México y me enamoré profundamente de tantas partes de este espacio. Primero de su historia, después del lugar y por último de la gente que me aceptó y dio la bienvenida en sus vidas y familias. En México, simplemente se permite más ser uno mismo. Hay tantas emociones, ruidos estruendosos, entusiasmo y fiestas. ¡Y está bien! Las emociones fuertes y la sangre caliente parecen correr por las venas de muchos de los mexicanos que conozco. Es emocionante y me da vida, contrario a mi país de nacimiento que es más frío, controlado y reservado.

Vivir en una cultura nueva significa que entran en juego muchas identidades. Surgió una nueva Jesse cuando aprendí a hablar español (algo que sigo trabajando). Hasta mi tono de voz es distinto en español. No puedo bromear o jugar con la misma facilidad y me ha tomado años entender los matices mexicanos. Tienes que ser honesto contigo mismo y darte cuenta de que quizá siempre haya algo que no entenderás, ya sea humor, comportamiento o costumbres sociales. Tener varias identidades significa saber cuándo ser una o la otra Jesse. Es como pasar por una puerta con forma de estrella hacia un lado de tu viaje y de regreso querer cruzar como la luna. Hay tantas cosas que un lado de tu vida no podrá comprender sobre el otro. Ninguno podrá caer en el caos o la confusión del otro. Entonces, ¿ahí es donde se pierde el sentido de las cosas, cuando sólo un lado comprende tu intención? ¿Pero qué pasa cuando estás en ambos sitios? Llegará un momento en que ya no podrás dar explicaciones. No puedes interpretar cada parte de una cultura según la otra. Y eso es algo hermoso.

Cuando dejas todo atrás, cuando en realidad sí te «escapas de todo», te llevas una gran sorpresa. Desde las cosas mundanas que daba por hecho, hasta la diversidad de puntos de vista sobre necesidades y felicidad, México ha sido un gran maestro. ¿Dónde compras cosas? ¿Dónde encuentras información? El jabón en polvo todavía existe. ¿Y por qué no hay sal de apio? Lo más importante, ¿por qué no llama nadie?

La vida puede ser muy comunitaria. La gente simplemente deja de llamar. La lista de personas de tu país de origen que todavía frecuentas disminuye mucho cuando tienen que tomar un avión para verte. Además, los estereotipos mexicanos, aunados a casi cien por ciento de noticias negativas sobre el país, no ayudan a persuadir a que vengan tu familia y amigos a Jalisco, a la cuna del birote, del tequila, del mariachi, del escritor Juan Rulfo, y de la intensidad de la historia y cultura mexicanas.

¿Será que te haces más consciente de lo que sucede a tu alrededor cuando sales de tu propia esquina cultural y te quedas ahí? El patrón se ve claro al mirar hacia atrás. Comienza con un lugar exótico, te enamoras de él, te quieres quedar, pero en algún punto tienes que regresar a casa. He querido quedarme en casi todos los lugares que he visitado en el trópico, pero no se alinearon las estrellas hasta que pisé la tierra del agave azul y del aguamiel.

Mi experiencia en México consta de ser una turista, después decir que me quedaría para siempre, rentar un departamento, encontrar una profesión, desempeñar el único trabajo que juré nunca hacer (dar clases de inglés) y tener que aceptarlo; aprender sobre México y enamorarme, descubrir su cultura, sus colores chillones; de verdad aprender a hablar español, descubrir sus complejidades, reconocer los regionalismos, hablar como un nativo; visitar los Altos de Jalisco, ir cada fin de semana a Chapala y Ajijic, viajar a pueblos mágicos en las montañas y aprender que hace mucho frío en México y que contribuye a la diversidad de climas y ecosistemas. Conocí frutas y verduras nuevas en este país, como la lima, la guanábana, el tomate verde, el chayote y el camote del cerro, y más formas de comer una tortilla que se puedan imaginar; además de comida de la época azteca, tortas de camarón y carne de desayuno, comida y cena.

Después pasaron dos años y fundé un negocio de enseñanza del inglés. México me estimula y emociona cada vez más y no pienso «volver a casa». Al principio le dices a la gente que es el clima, no hay nada mejor. (Por cierto, Guadalajara tiene el mejor clima de todo México, y si le preguntas a los mexicanos de por aquí, probablemente de todo el mundo). Me inscribí en un programa de maestría e inicié una carrera en traducción e interpretación después de descubrir lo que son estas profesiones.

La vida se vuelve más vívida, y llegué a México para quedarme. Para siempre, como dicen. Me identifico con muchos mexicanos en los Estados Unidos que regresan a México porque quieren que sus hijos crezcan con valores tradicionales mexicanos. Es un gran honor poder dar a mis hijos mi amor por la cultura mexicana. Ellos también son canadienses, ¡desde luego! Y son muy afortunados por poder visitar Canadá y tener dos familias, dos personalidades y dos identidades. Mi desarraigo llevó a su doble arraigo, a sus vidas biculturales.

Los limones amarillos en México son híbridos, distintos a aquellos tan comunes en Canadá. En México, el limón verde es el jugo, sabor y condimento diario de la vida. Ha sido una gran aventura aprender a vivir sin aquellos limones amarillos.

El hogar es donde está el corazón, y mi corazón está en México. Aquí lo enterré. Palpita en privado debajo de la tierra, siempre llamándome de regreso, a México. Al lugar donde me he sembrado, como los cordones umbilicales que las viejas mujeres mexicanas sembraban en sus patios, conectando a sus hijos a la tierra para siempre.

SOBRE LA AUTORA

Jesse Tomlinson

CANADÁ

“La literatura es placer. Las historias son la esencia de la vida. El lenguaje es mucho más que comunicación, te transporta internamente a lugares externos”… Esto opina la canadiense Jesse Tomlinson (Ottawa, 1984), que representa otra de las grandes vertientes de la creación literaria, aunque a veces (injustamente) no tenida muy en cuenta: la traducción.

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