La maranta

ANA TERESA TORO

Mara Marta vivía metida dentro de su maranta. Su pelo suelto, siempre suelto, le caía un poco más abajo de la cintura. Así lo llevaba desde niña. La melena le cubría los hombros la mayor parte del tiempo y, de tan abundante, lograba siempre ocultar sus orejas y mejillas. Con su pelo, Mara Marta se sentía segura, a salvo, incluso de sus memorias. Su maranta era negra, con destellos marrones que a veces se tornasoleaban con el sol, y tenía una onda ligera que activaba constantemente con cremas para el pelo. Se lo lavaba con religiosidad un día sí y un día no. No se permitía perder el brillo ni llevarlo recogido, con la única excepción de uno de esos días de ola de calor que destruye termómetros. Era una maranta abundante, pesada, densa. Un hogar peluso. Una manta mágica para desaparecer. Un refugio.

Cada mañana se levantaba y se sacaba el pelo de la cara como quien abre una cortina de esas que logran contener la entrada de la luz. Hasta una mañana, hasta esa mañana de junio. Afuera, los flamboyanes florecían con anaranjada intensidad, gozosos de haberle negado sus flores a la primavera una vez más. La ciudad lucía brillante, San Juan era todo un espectáculo. En cada esquina, una alfombra roja de flores. A la gente en las calles, de vez en cuando se le enredaban flores en la cabeza. Parecía todo tan planificado, tan perfectos aquellos serenos accidentes, aquellas chispas de fuego de árbol.

Esa mañana, Mara Marta se despertó sospechando lo peor. Se miró al espejo, abrió la cortina de su rostro y lo confirmó. En el lavamanos, decenas de cabellos largos comenzaban a caer formando un nido negro. Se desesperó un poco. Llevaba días soñándolo. Imaginando en sus sueños cómo sería el día en que por fin perdiera su melena. En su universo onírico, la señal la daban los flamboyanes que se despertaban de su quietud, riéndose a carcajadas cuando ella iba perdiendo el pelo. Ellos se brotaban de flores anaranjadas y ella perdía una a una todas la hebras de su cabello. Angustiada, regresó a su cuarto a confirmarlo. Y sí, sobre la almohada, otro nido y otro y otro de pelos largos, de pelos suyos, de su maranta. La casa se le vino abajo.

Mara Marta los recogió con desespero, los acumuló y los colocó en una bolsa plástica. Los escondió en el viejo baúl que tenía en su clóset y comenzó a pensar en cómo podría disimular la incipiente calvicie que, sospechaba, se desataría pronto en su cabeza. Rara vez sus sueños le fallaban a la hora de predecir algo tan concreto como eso. Confiaba más en su mente dormida que en cualquier cosa.

No había mucho tiempo para pensarlo, pero, por lo pronto, tenía que atender lo urgente: encontrar cada una de las hebras del cabello perdidas y acomodarlas ordenadamente en el pequeño nido de plástico que construía en su baúl. Salió de la casa con gran urgencia y fue a la ferretería a comprar un filtro más pequeño para el lavamanos.

A partir de ese día, cada mañana, luego de lavarse el pelo, recogía una a una las hebras que se acumulaban, las enroscaba y las colocaba, con cinta adhesiva, en el pequeño recuadro que marcaba el día del mes que estaba viviendo. En poco tiempo, su calendario de pared se convirtió en una pequeña instalación de nidos peludos cada vez más robustos. Seguía perdiendo pelo sin razón aparente, y Mara Marta comenzó a cansarse de rebuscar en sus sueños el motivo. No estaba tomando ninguna medicina, no estaba dándose ningún tratamiento, no había cambiado nada en su dieta. Simplemente, una mañana, su maranta comenzó a desprenderse de sí misma.

Nadie parecía notar el problema. Aun así, Mara Marta comenzó a hacerse peinados, flacas trenzas y a utilizar el sombrero Panamá —hecho en Ecuador— que había comprado hace mucho en una tienda especializada en el Viejo San Juan. Necesitaba cubrirse. Se sentía desnuda sin su melena protectora que la había hecho escapar, en más de una ocasión, de un encuentro desafortunado o le había permitido matizar un adiós con mucha actitud, aleteando al viento su pelaje. Se movía como si anduviera con su maranta habitual, moviendo el cuello de lado a lado, como queriendo empujar una máquina pesada y etérea a la vez, que cada mañana amanecía más débil. La incapacidad de la gente para notar su estrepitosa caída de cabello la tenía confundida. Quizá, la belleza de su cabello había quedado congelada en cada uno de sus movimientos. Quizá, mientras te mueves, nada desaparece.

Cada día había más hebras acumuladas en el calendario, cada día sentía cómo la densidad de su maranta fuerte y vibrante se convertía en una cosa aguada y raída que casi se deshacía entre los dedos. Pero nadie notaba algo diferente en su apariencia. En el supermercado todo el mundo la saludaba con la misma candidez de siempre. En la oficina, donde trabajaba como archivera de la alcaldía de San Juan, tampoco percibía comentarios, ni gestos ni miradas de pena o contención. Habían mermado los halagos cotidianos a su melena, sí, pero nadie —ni con la mirada— insinuaba alguna cosa relacionada a su caída de cabello.

Cada dos o tres horas abandonaba su minucioso trabajo de archivar recortes de periódicos y otros documentos para ir a mirarse al espejo del baño. Una de esas tardes se encontró con una zona ya del todo calva en la corona de su cabeza. Se acarició con las yemas de los dedos el pedazo de cráneo expuesto y se dejó llevar por la novedad de la sensación. Así como le inquietaba la caída de cabello, le maravillaba la incertidumbre del misterio. Suponía que sería temporero y no tenía demasiado miedo. De este modo pasaron dos meses más, pero cuando ya sintió la zona de calvicie en su cabeza en absoluta expansión, comenzó a buscar ayuda.

Luego de todo tipo de exámenes, de inyecciones, de tratamientos estéticos y vitamínicos, la mayoría de los médicos que consultó lograban coincidir en una sola cosa: estrés. Para Mara Marta ése era el diagnóstico más absurdo del mundo. Acababa de cumplir cincuenta años, había superado su divorcio hace diez, vivía una vida saludable. Sólo tomaba una copa de vino, devotamente, los viernes. No comía carnes rojas, era prácticamente vegetariana, tenía buenas amigas y había hecho todo lo que la industria del bienestar le había indicado que hiciera: yoga, dietas, afirmaciones matutinas, meditación nocturna…

Era disciplinada. Hacía su parte de la «misión bienestar» en las mañanas, luego trabajaba disciplinadamente en el archivo, y en las noches completaba el resto de la misión. Se dormía temprano, con crema en la cara y en los pies. No tenía mayores sobresaltos y se reía de sus amigas cuando se quejaban de que tenían aburrimiento emocional porque todo andaba demasiado bien en sus vidas. Para Mara Marta, estar bien, vivir en una decidida serenidad, era su máximo logro personal. Nunca reía a carcajadas, pero tampoco lloraba, y eso era más que suficiente.

Sus hijos —Diana y Vicente— vivían y estudiaban en Nueva York. Aun en la misma ciudad, casi no se veían. Diana era un animal de Brooklyn, vivía una vida más bohemia, trabajando como fotógrafa de muebles para el catálogo de una multinacional y haciendo head shots a sus amigos actores. Vicente no, él se la pasaba trabajando largas horas como interno en Bank of America, con la ilusión de algún día ser uno de esos seres que sienten su corazón latir como si fuera un tambor por el más mínimo movimiento en la bolsa de valores. A Mara Marta, la mayoría de las veces sus hijos le parecían extraños, ajenos, criaturas que nada tenían que ver con su vientre, con su carne.

El domingo al mediodía, como siempre, se conectó con ellos por Skype. Hacía días que no habían logrado comunicarse bien porque la compañía de internet de Mara Marta sufría de averías constantemente. En San Juan también había apagones recurrentes. La luz se iba al menos dos o tres días enteros a la semana y los artefactos eléctricos estaban como locos. Así que ese día sería la primera vez que sus hijos la verían en medio de la situación capilar en la que se encontraba. Pronto sería octubre y ya la caída de cabello era costumbre.

A las doce en punto, Mara Marta se conectó y al otro lado de la pantalla de su computadora aparecieron los rostros de sus dos hijos, copias exactas del rostro de Franco, su exmarido, un profesor universitario de ideas liberales que marchaba contra el patriarcado y causas afines, pero que cada diez años andaba con una mujer distinta —naturalmente, con una más joven—, como quien se cambia de carriles en la carretera. El cambio de pareja coincidía con una sabática que solía realizar pasando un año como investigador fuera del país. Así, había vivido en la Ciudad de México, Portland, Nueva York, Sevilla, Tenerife y Cartagena. Era un citadino irredento que siempre volvía al Viejo San Juan, sin dinero, pero con su nuevo amor. Mara Marta había sido la primera de sus estudiantes en enamorarse de él, y aunque no se odiaban ni tenían mala relación, para ella la ruptura había sido como despertar de una prolongada ensoñación. Su decepción era tal que el hombre, ni por nostalgia, le provocaba una emoción. Le era del todo indiferente. Hasta que veía sus rasgos en los rostros de sus hijos. Ahí añoraba la mentira vivida.

El primero en observar a su madre fijamente fue Vicente y, contra todo pronóstico, se echó a llorar. Diana la miró con detenimiento y comenzó por hacerle las preguntas de rigor. ¿Cómo has estado? ¿Qué tal el trabajo? ¿Cómo sigue doña Mariana, la vecina que está enferma? Vicente se secaba las lágrimas, sólo para volver a explotar como un niño pequeño inconsolable. Mara Marta seguía hablando y Diana se esforzaba cada vez más por ignorar el llanto de su hermano. Finalmente, Vicente no pudo más y exclamó: «¡Mamá, pero ¿qué te está pasando?! ¿Cómo es que se te ha caído el pelo y no nos has dicho nada? ¿Estás enferma? ¿Necesitas algo? ¿Desde cuándo tienes cáncer?».

—¿Así que se han dado cuenta?

Su pregunta marcó un silencio cortante en la comunicación. Sus hijos la miraban a través del minúsculo recuadro de la pantalla con una mezcla de pena y culpa.

—Hace unos meses se me está cayendo el pelo. Pero lo primero que tienen que hacer es dejar de poner esas caras y de preocuparse. No tengo cáncer. No tengo, de hecho, ninguna enfermedad.

Vicente escuchaba molesto y calmado. No tenía duda de que su madre le estaba mintiendo. Diana, ahora, calculaba la respiración para que no se notaran sus sollozos.

—Dicen que tengo estrés. Pero yo no me estreso por nada. Vivo una vida tranquila, así que no sé qué pensar. Por lo pronto, me he dedicado a coleccionar los cabellos que se me van cayendo y a lo mejor, antes de que se den cuenta, me hago una peluca con mi propio pelo. ¡¿Se imaginan?!

Su sobresalto, su entusiasmo, su alegría, los dejó perturbados. Repitieron las mismas preguntas una y otra vez sin obtener ninguna respuesta diferente. ¿Motivos para el estrés? Cero. ¿Preocupaciones de dinero? Ninguna. ¿Problemas en el trabajo? ¿Con los amigos? ¿Con el resto de la familia? No, no y no.

—Es un misterio, ya va a crecer. No se preocupen más. Hasta luego.

Mara Marta enganchó, sorprendida de su propio pragmatismo, pero no pudo negar que sintió algo de alivio al ver las reacciones de sus hijos. Por fin un espejo humano le confirmaba lo que las decenas de espejos que consultaba a diario le habían advertido hacía meses. Su calendario ya era un objeto de museo. Se había convertido en una especie de almohada de papel, cinta adhesiva y pelo que cada mes pasaba al baúl. Hasta ese momento no le había incomodado la discreción con la que todo el mundo trataba su alopecia. Por primera vez se cuestionó por qué nadie le hacía preguntas. ¿Por qué nadie se molesta en indagar? ¿Por qué ese trato indiferente?

Cada pregunta la fue llenando de ira y por cada cuestionamiento se arrancaba uno, dos, tres cabellos uno a uno, sintiendo cómo la hebra abandonaba el cráneo como un pinchazo de aguja. Experimentando placer en cada pelo caído, esta vez, por voluntad propia. Así se pasó la tarde del domingo, hasta que dieron las siete de la noche y salió, como siempre, a hacer su caminata nocturna, para regresar a cumplir con su itinerario de meditaciones y a leer un capítulo de una novela titulada Carne roja, que había comprado en la gasolinera. Era de autor anónimo, pero Mara Marta estaba segura de que se trataba de una mujer, por la empatía absoluta que sentía no sólo con el personaje principal, sino con la voz narrativa. La novela contaba la historia de una mujer mayor que había sido vegetariana toda la vida y que, al comenzar a consumir carne roja por accidente, experimentaba una especie de delirio que transformaba su vida radicalmente. Comenzaba a tener sexo con hombres más jóvenes y se entregaba a todos los placeres que había relegado en su juventud.

Mara Marta leyó el capítulo en que la mujer —Lety— se encuentra con uno de sus antiguos alumnos del colegio y se lo lleva a su casa. Se quedó dormida leyendo y masturbándose en el proceso. Esa noche no perdería un solo cabello.

«El pelo debe crecer desde abajo, no desde el cráneo. Así iría retomando su historia donde se quedó». Con ese pensamiento despertó sin darse cuenta de que había pasado el lunes y el martes encerrada en su casa recogiendo con desespero cada pelo perdido por mano propia o por el azar. La inquietud la había agobiado en su sueño porque llevaba meses de investigación. Estaba convencida de que era cierto eso que había leído en repetidas ocasiones, tras días de búsqueda en internet. Decenas de artículos coincidían en que en el cabello estaba concentrada la sabiduría de cada ser humano y que cada vez que el pelo se cortaba, se interrumpían los procesos de aprendizaje y se limitaba la capacidad cerebral para la memoria. Su melena caída y la cantidad de gente que conocía con recortes modernos de cabello cortísimo eran señales obvias del mundo moderno, pensaba, que quiere ser más sofisticado que sabio.

Ninguno de sus hijos había querido conservar su pelo largo, tenían un desapego más profundo por sus cabellos, incluso que el que sentían por los objetos. Nada duraba en sus manos más de un par de meses, no había un solo objeto que hubiesen extrañado verdaderamente en sus vidas. Todo les era reemplazable, y a su vez, todo les era absolutamente necesario e indispensable. Mara Marta lo notó desde que eran pequeños. No se apegaban a una frisa, ni a un juguete ni una camiseta. Para ella, eso era muy extraño. Desde niña se apegaba a todo. Coleccionaba hojas, rocas y esqueletos de lagartijos; llenaba frascos con tierra y arena de los lugares que visitaba, y lloraba cada vez que alguien le cortaba el pelo. Juraba que le dolía lo que hacía la tijera, que la cabellera tenía sensación, pero había que ser muy sensible para percibirla. Comenzar a perder su maranta de forma natural, y posteriormente asistida por su propia mano, era la peor derrota que había experimentado hasta el momento. No entendía cómo nadie se daba cuenta, o peor, se preguntaba si alguien, además de sus hijos, lo habría notado a lo largo de los pasados meses.

Los días pasaron y luego los meses, y al acercarse la Navidad, Mara Marta había abandonado su trabajo en el archivo. No hizo mayores dramas, simplemente dejó de ir, y al poco tiempo recibió una carta con su liquidación. Nadie llamó para preguntar por ella. Nadie notó su ausencia. Al que se queda nadie lo extraña. Pasaba los días en la casa, tocándose y hurgándose la cabeza, inventando formas novedosas de usar pañoletas en ella o acomodando y recogiendo pelos caídos. Entrando diciembre, calva ya del todo, escuchó la puerta de su casa sonar con gran intensidad. Era su hija, que había venido a buscarla temiendo lo peor.

—Te vas conmigo, mamá —le dijo a aquella mujer flaquísima que se encontró en la casa, tomando café negro y un pedazo de pan.

—Yo no me voy a ninguna parte, Diana.

Mara Marta habló por fin. Apenas había pronunciado palabra en meses. Sus hijos la habían extrañado en sus citas por Skype y comenzaron a llamar a sus vecinos. Nadie sabía nada de ella. Pero, ahí estaba, elegantemente calva con su pañoleta en la cabeza, débil de cuerpo, pero no de mirada, sosteniendo firme su taza de café ardiente. Su tono de voz contrastaba con su apariencia. Sonaba firme, desafiante, más clara que otras veces.

—Lo que sucede, Diana, es que hay tres tipos de personas en todos los pueblos, en todas las ciudades y en todos los países. Están los que se van y nunca vuelven, como tu hermano, que nació sin raíz. Y esos tienen que irse porque abren espacio, su ausencia crea nuevas conexiones. Si él nunca se hubiese ido, jamás hubiese conocido a la madre de su exnovia, mi compañera de los domingos en el cine. Hace tiempo que no vamos, pero cuando íbamos juntas, nos divertíamos muchísimo. Están los que se van y regresan, como tu papá y como tú. Esos traen siempre noticias de afuera, sacuden el aire, como has hecho tú al llegar a esta casa. Transforman, reacomodan todo con las ideas de allá y de más allá. Y están los que, como yo, nunca van a ninguna parte y nos quedamos aquí, guardando la memoria, recordando que en aquella esquina que hoy día está abandonada, antes hubo el gran Cine Real de San Juan, o que en ese cuarto de la casa alguna vez hubo gente que rió a carcajadas cada noche. El problema, Diana, es cuando te toca o te confundes con el papel que te correspondía representar en la trilogía.

—Mamá, me estás preocupando. Vine lo más rápido que pude. Perdóname.

—No te asustes, mi niña. Mira, ya la completé.

Mara Marta sacó una peluca enorme, perfectamente cosida y armada con sus propias manos. La montó sobre un delicado pedazo de sus medias de nailon y hebra a hebra la fue cosiendo. La completó con un elástico que extrajo de la manga de un vestido y logró un ajuste contundente que, con un poco de esfuerzo en el peinado, la haría lucir más o menos natural. Mara Marta se puso su peluca y salió a la calle con su hija. Bajo la maranta resurrecta, un ramillete de canas le crecía a toda prisa.

SOBRE LA AUTORA

Ana Teresa Toro

PUERTO RICO

El periodismo (y el baile) marcan el ritmo de los textos de la puertorriqueña Ana Teresa Toro (Aibonito, 1984). “Cuando escribo quedo atravesada por lo que es el petróleo de mi país: la música”, afirma.

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