¡Patria o muerte!

XALBADOR GARCÍA

Decidí matar a Fidel Castro cuando le vi las nalgas a Menesleidys. Desde sus caderas el cuarto de Tula le cogió candela, se quedó dormida y no apagó la vela, papi. Pocas veces el Ball and Chain de la Calle 8 recibía a una bailarina con mar y malecón y luna llena incluidos. Menesleidys ostentaba el Caribe en su dorso. Calmo o alebrestado, aquel cuerpo seducía con sabor a sal. 

Polvoreé un poquito de Tajín en mi mano. Lo lamí para aminorar la excitación. Ya saben, el chile en polvo es la coca de los pobres. Viendo a aquella mujer comprendí que el Diablo es comunista y viste falditas entalladas que combina con tacones altos. Además, tiene buenas chichis. Ya te chingaste, pinche poeta. Le recé por última vez a la Virgencita del Tepeyac —porque antes de cachondo soy guadalupano— y me encaminé rumbo al infierno bailando al ritmo del Buena Vista Social Club. 

Compadre, para tener a esa hembra mínimo tienes que matar a Castro. Me paré frente Menesleidys y le solté: Voy a matar a Fidel Castro por tu amor. ¿Qué estás chisquiado, se te van las cabras o qué chingados traes, cabrón? Eso me hubiera dicho Menesleidys si fuera mexicana, pero como la heroína de este cuento es habanera, de esas que aparecen en las novelas de Cabrera Infante, respondió riéndose: ¡Pipo, pero qué clase de comemierda tú ere!  

Decía “ere” y no “eres” porque los cubanos, y más los de Miami, no pronuncian las eses, se las comen, en una especie de logofagia que les ha permitido engañar el hambre en medio de huracanes, dictaduras, periodos especiales, embargos imperialistas y el reguetón. “Des-pa-ci-to”… despacito tu chingada madre, Justin Biber, Luis Fonsi, Daddy Yankee y, por último, pero nunca al final, Yusinel Vento Litvínov, el pendejo de mi compadre aguatibia que era reguetonero y cuyo consejo había sido dedicarle el asesinato de Castro a Menesleidys como una muestra de mi amor por ella. 

¡Asere, no seas mongo! Lo que en castellano significa que no fuera pendejo, que cómo le decía eso a la cubana, que se trataba de una broma. Y Yusinel se ponía a imitar lo que los cubanos creen que es el arquetipo del mexicano internacional, un personaje descerebrado nacido de la combinación entre Speedy González y Chavela Vargas: Ándale, manito, échate otro tequila, mi cuate. ¡Ay, ay, ay, ay! 

Sí, a mí también me daban ganas de soltarle unos madrazos por mamón. De cuates, por supuesto, pero unos chingadazos bien puestos. Estaba impedido para hacerlo. En las entrañas del monstruo (así es como plagio al prócer José Martí), yo era un frijolero, un ilegal mexicano que había cruzado la frontera, un “bad hombre” en el lenguaje del güerito corbatas extra large que había ganado la presidencia gringa hace poco tiempo.  

Era tremenda la muina que se había soltado con este jijo del camarón en la silla de Lincoln. Las palabras “democracia”, “libertad” e “inclusión” se empezaban a desmoronar en Yoknapatawpha y sus alrededores, dejando al descubierto el odio y la ignorancia de blancos contra negros, negros contra blancos, blancos contra latinos, negros contra latinos, latinos contra latinos y todos toditos contra los mexicanos, o lo que aquí se considera “mexicano”: cualquier pinche brown centro y sudamericano. Haga usted de cuenta un desmadre racista en una película dirigida por Mel Gibson.  

En medio de este ambiente matachilaquiles con huevo no podía arriesgarme a llamar la atención zapeando a mi compadre cubano. ¿Ya les dije que Yusinel era reguetonero? Y de los buenos, oiga —esto es una licencia poética: no hay reguetoneros buenos—. 

Desde que nos encontramos en el Hotel Betsy, en Miami Beach, nos entendimos. Los dos somos literatos. Fue natural la comunión. Con una visa falsa, cuya hoja legal ostentaba el nombre del poeta Jorge Humberto Chávez, yo había engañado a los escritores de Suburbano Ediciones ganándome la beca Escribí Aquí.  

Pasé una semana bien Agustín Lara poetizando y dando conferencias sobre los escritores malditos de la literatura mexicana. Hablé desde Juan de Gabiria hasta Antonio Cuesta Marín. Chingonas las charlas, pues. Yusinel era el gerente del bar. Por las tardes me escuchaba y sonreía, pensaría que le rogaba yo.  

Como profecía bíblica, al tercer día el cubano me confesó que le faltaba al respeto a toda la tradición barroca de nuestros Siglos de Oro. El muy osado componía octosílabos que con rima, asonante o consonante, seguían la estructura del tetrástrofo monorrimo lo que, como todo el mundo sabe, en versos de menos de once sílabas son una patada en los huevos a don Francisco de Quevedo y Villegas. Olvídense de cualquier tropo destacable. Metáforas, alegorías o sinécdoques le estorbaban a Yusinel. El único requerimiento de sus versos era que fueran misóginos. Ojo con el ejemplo:  

Tú que me conoces, mi amol, 

me ruegas un buen culebrón 

para comértelo con jamón  

en el fuego de tu amol 

qué rico tú meneas el bombón… 

 

Así hasta el cansancio. Cuando le explicaba que su obra era parte de la involución de la humanidad, la cual se veía sobre todo en el área de las artes y en los millennials, Yusinel nada que permanecía estoico o asimilaba la crítica. No ha nacido cubano que acepte no tener la razón. Al contrario, este compa reguetonero atacaba mis poemas. 

Junto a pomos de ron y tequila, limón y botellitas de Tajín que me costaba un huevo conseguir en el Walmart de la ocho y la 70, nos gastábamos la madrugada discutiendo en su departamento de Hialeah. Viví con él cuando los de la beca me descubrieron la farsa. Sin trabajo ni dinero, me dedicaba a explicarle mi propuesta artística al hijo perdido del General. Mira, mi amol, que tú te ves bien buena. 

A ver si aprendes algo, Yusinel. Empezaba de esta manera la disertación: A finales del siglo xix hubo un morrillo que cambió la poesía para siempre. Se llamaba Rimbaud, Arthur Rimbaud. ¿Sabes cómo la cambió? Le quitó la rima a los versos. La musicalidad de la poesía se mantuvo en los acentos pero ya no había andamiaje homófono que los sostuviera. Ahora yo voy a dar el siguiente paso literario. La imagen interactuando en un campo semántico lingüístico. Es por eso, mi querido Yusinel y los muy queridos lectores de este cuento, es por eso, que yo escribo Poemojis. 

Ahí les va uno que le había mandado a Menesleidys, a quien dejé bailando en los párrafos anteriores: 

👉 👧 👣 👏 💋 

👌 🙌 👈 ✍ 

🗣 😈 😱 😵 👩 

🏇🏽 💪🏼 🏼 

🙏 🙏 🙏🙏 

🙏 🙏 

🙏 

Mira, compadre, que tú no estás en París, ni eres Rimbaud, y tus dibujitos son tremenda mielda. A que mi Yusinel, tan sentido. A diferencia de ti, la crítica me ha tratado bastante bien. 

Como muestra, le enseñé la pantalla del celular con el “muuuuaaaa” más esperanzador de la noche. Se trataba de la respuesta al poemoji que le acaba de enviar a mi cubana de son y sol, de encanto y canto, de caricia y brisa.  

Díganme ustedes si no se hubieran enamorado de una belleza que pregunta por poetas malditas. Exacto, yo también. Estábamos en la presentación de un libro sobre Leopoldo María Panero en la librería Altamira de Coral Gables. La cubana se levantó y les cuestionó a los ponentes sobre mujeres que hubieran plasmado las tinieblas en sus versos. ¿Poetas malditas? Pues quién más: Lola La Trailera, quise contestar pero me callé porque, entre venezolanos y cubanos, supuse que nadie entendería el chiste más chingón de la cultura pop mexicana. 

Tú eres poeta, morelense y acabas de llegar a Miami. No está mal el indiecito este. Tú eres habanera, periodista y estudias el Doctorado en Literatura en UM. Me excitas cuando mueves tu boca de almendra. Tú no me dices por qué has huido de México, pero se nota que algo en tu pasado te desgarra. Tú no me dices que el último de tus novios te ha contaminado las manos, que has salido de la Isla buscando nuevos puertos pero sin abrir puertas. Tu silencio me atrae y sé que tu secreto es lo único que no compartirás conmigo, mexicano. Tu cuerpo me gusta y sé que es lo único que, en este momento, puedes compartir conmigo, cubana. Fallaste, corazón, no vuelvas a apostar. Alma doliente vagando a solas, de playas, olas, así soy yo. 

Ella vivía en la zona artística de Wynwood, ¿y tú? En mi estudio de la gusanera, en la mítica Calle 8, en la zona contrarrevolucionaria por excelencia, donde cada mañana, junto a los viejos del parque del Dominó, planeábamos cómo chingar al dictador. Acá le dicen Castro y no Fidel. Compraríamos un yate al que bautizaríamos “Granpá”. Nos montaríamos en la embarcación y partiríamos rumbo a La Sierra Maestra. Los ciclos se repiten y volveríamos a ganar. ¡Patria o Muerte! 

Menesleidys ni siquiera se rio. Te invito a celebrar mi cumpleaños triple equis en el Ball and Chain el próximo viernes cultural sólo si me prometes que no dirás palabra alguna de política y menos de política cubana. Uy, así qué chiste. Perdone usted lo mamador. Voy con amigas, lleva amigos… te veo el viernes, mexicano. Un besito y la remembranza de un sabor con el que me eroticé toda la semana. Perdone usted lo descarado.  

Al verla dirigirse desde la pista de baile hacia mí, con el tumbao que tienen los guapos al caminar, empecé a mover los hombros y, en eso sí te equivocas, mi amol, te diré todos mis secretos porque quiero tener tu cuerpo las próximas quinientas noches con todo y sus melancolías. 

Me persigue un cártel literario como el que lideraba Octavio Paz en Televisa. No te rías, es en serio. Mira, cubana, cuando tenía 16 años, fui a un programa de televisión. El conductor y su patiño empezaron a burlarse de mis poemas hasta que le estrellé un florero en el rostro a la estrella del show. Tuve que huir de la Ciudad de México para evitar la venganza de Adal Mamones y Jordi Robado, que así se llamaban aquellos capos. Desde aquel 1996 he podido vivir por medio de becas Fonca. Casi casi de incógnito, porque a nadie le importa una mierda quién se gana esos premios.  

Pero desde hace una década, Jordi fraguó un plan para cazarme. Se hace pasar por escritor y conferencista, y en las ferias del libro del país busca al pendejo que madreó a su jefe en el momento más exitoso de su carrera. Estaba a punto de apañarme en San Luis Potosí, por lo que tuve que cruzar de mojado a Los Ángeles. No podía quedarme en la costa oeste, junto a la raza mexicana. Sería muy evidente. Así que llegué hasta la tierra de Cristina y don Francisco.   

Por supuesto que le compartiría toda mi historia a Menesleidys, pero cuando me paré frente a ella tan sólo le dije lo que había aconsejado mi compadre: Voy a matar a Fidel Castro por tu amor. ¡Pipo, pero qué clase de comemierda tú ere! Y se rio como nunca lo había hecho conmigo. Y en esa sonrisa pactamos la alianza del humor ante el sufrimiento que siempre es la más duradera entre quienes no pueden amarse pero se desean.  

La rumba de Yoruba Andabo empezó a sonar. Tambores por aquí. Tambores por allá. Tupa tapa ku. Tupa tapa ku. Papa ti pa. Papa ti pa. El mundo empezó a colorearse de sentimiento primigenio. ¿Asere, qué bola? Y traqueteo por aquí y traqueteo por allá. El sudor abrigó los dorsos. Tras reclamarle a mi compadre, el reguetonero besagringas ese, fui junto a Menesleidys a oler su baile, porque lo más bello del infierno es el olor.  

Tambores por aquí. Tambores por allá. Tupa tapa ku. Tupa tapa ku. Papa ti pa. Papa ti pa. Manos, cinturita, sonrisa. Cadera con flores. ¿Asere, qué bola? Y traqueteo por aquí y traqueteo por allá. Brazo sobre la cintura. Risa y besos. 

Luces y silencio. 

¿Luces y silencio? ¡Ah, chingá!, no me jodas, escritor de mierda, que estoy a punto de conquistar a la cubana y me haces esto, cabrón, no seas ojete. Sigue escribiendo que pasé la noche con ella, que la besé hasta tejer mi futuro con su sabor, que en aquella piel comprendí la escritura de Dios. 

Perdona, poeta, pero no se puede. En este cuento llegó el momento en que los tambores callaron y se encendieron las luces. Es que se acaba de morir Fidel Castro, avisó Yusinel Vento Litvínov, hijo de un cubano con una rusa. Pinche Stalin, siempre jode las fiestas. 

Se acababa el 25 de noviembre y nadie sabía muy bien qué hacer hasta que se empezaron a escuchar los primeros claxons y las sirenas en la calle. ¡Murió Castro! ¡Cayó el dictador! ¡Viva Cuba Libre! Gritaba la muchedumbre de Miami. 

La zona se fue rodeando de policías, ambulancias y gente en los autos celebrando la muerte de aquel hombre leyenda sin entender muy bien qué celebraban. El siglo xx se estaba muriendo, ahora sí, de manera absoluta. 

¡Vamos al Versailles a celebrar! ¡Vamos al Versailles a celebrar! El restaurante, símbolo de la resistencia caribeña, ya se estaba llenando de cubanos y cubanoamericanos deseando que la dictadura por fin acabara para llenar a la Isla de mierda gringa-made-in-China. Yusinel se unió a un corro que gritaba y se enfiló rumbo a la calle. Iba también al Versailles. Nadie puede culparlo. Es reguetonero. 

Los policías trataban de controlar el tráfico mientras las sirenas amenazaban con dañar los oídos de los paseantes. A nadie le importaba. La muerte de un hombre da vida a un pueblo, se repetían hasta la ingenuidad. 

Menesleidys me tomó de la mano y me susurró al oído: tenemos un trato. Hoy yo celebro mi cumpleaños y aquí no se habla de política. Es demasiado lugar común abundar sobre política cuando se escribe sobre los cubanos en Miami. Hoy, tú y yo, mexicano, nos gastamos la vida singando hasta el amanecer, que es lo único que tenemos para vengarnos de la historia. 

Seguramente en esa noche yo era el hombre más feliz de Miami. Ningún cubano podría ganarme. Ellos habían perdido a un dictador. Yo había ganado la gloria.  

Espera, se me olvidó mi Tajín. ¿Qué es eso? Es chile en polvo, pero no tardo. Bajé del auto y me dirigí al Ball and Chain. La botellita seguía sobre la mesa del bar. Inmaculada, hermosa, perfecta. 

Cuando la tomé, un brazo masculino me agarró por la muñeca. En perfecto español habanero me increpó el policía: Asere, ¿eres mexicano? Muéstrame tus papeles. 

SOBRE EL AUTOR

Xalbador García

MÉXICO

Doctor en Literatura hispánica, el escritor mexicano Xalbador García (Cuernavaca, 1982) confiesa haber recibido influencias de Leopoldo María Panero, Cyril Connolly, Juan Carlos Onetti, Jorge Ibargüengoitia “y 300 más”.

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