Exilio

MARCELA RIBADENEIRA

Mientras el doctor tomaba los primeros sorbos de su expreso, Ana Magdalena luchaba por acabarse el café, el huevo duro, la tajada de queso fresco y el pan de agua. Eso es lo que se sirve los domingos a los pacientes que ingresan sin una dieta específica. Él, su médico tratante, no dejó ninguna. No suele hacerlo con pacientes como ella, a los que ingresa al hospital para cobrar honorarios y darles una lección. Solo les dice que deben quedarse en observación hasta hacerles más exámenes para descartar diagnósticos serios. Eso los asusta. Casi nadie se niega. Si no tienen seguro ni el dinero que el hospital pide como garantía, llaman a parientes o amigos para que les presten una tarjeta de crédito y así dejar el váucher respectivo.

El doctor hace esto porque le irrita que le llamen por estupideces como ataques de pánico y que, encima, interrumpan sus días de descanso. Los sábados son sagrados para él. Y el sábado en que Ana Magdalena apareció en Emergencias fue un muy buen día hasta que sonó su celular. Escuchaba Lascia che io Pianga, de Händel, en una magnífica interpretación de Philippe Jaroussky, y comenzaba a arrojarse a un óptimo estado de desconexión con la realidad cuando entró la llamada. Después de 30 años de romperse la espalda trabajando simultáneamente en tres consultorios y en dos hospitales, el doctor ha aprendido a poner límites. A imponer su espacio, su bienestar y su tiempo libre muy por delante de cualquier paciente, de cualquier emergencia, especialmente si se trata de emergencias falsas. El doctor sabe que esto puede sonar pedante o crudo, pero para él no es más que un mecanismo de adaptación. Que además de sobrevivir gane varios cientos de dólares por visitas a sus pacientes que duran, en promedio, ocho minutos, es una ventaja del oficio. Es, según él, la retribución por tantos años de estudio, de prácticas, de residencia en hospitales de mala muerte, de tratar con pacientes difíciles. No le importa quién los pague. Él cree que lo merece.

Tomó el teléfono. La licenciada Atapuma estaba del otro lado de la línea. Una mujer de 29 años había llegado al hospital. Estaba sola. Decía que no podía respirar, que sentía que se moría. Tenía taquicardia y sudaba mucho, pero sus signos vitales eran estables. Su estómago estaba descompuesto y no había podido contener la diarrea; sus pantalones estaban manchados. El doctor pidió que el residente de turno ordenara varios análisis de sangre y que monitorearan sus signos. Cuando una enfermera tomó su historia clínica, la paciente contó que de vez en cuando tomaba alprazolam y que tenía ataques de pánico desde hace varios años. El doctor le dijo a la licenciada que esperaran por los exámenes. Estaba seguro de que no habría novedad y que se trataba de un ataque, exacerbado por el hecho de que la paciente se encontraba sola. No hacía falta darle nada. Colgó el teléfono después de aclarar que sólo iría al hospital cuando los resultados del laboratorio estuvieran listos. Intentó concentrarse nuevamente en la música, pero la pieza estaba por terminar. La desconexión había perdido su momentum.

***

El cubículo 14 de la sala de Emergencia del hospital estaba iluminado por unas barras gruesas de de neón. Un set de cortinas blancas resguardaba a Ana Magdalena de las miradas del personal médico y de los otros pacientes. A su izquierda, en el cubículo 13, estaba un hombre joven que había permanecido desmayado por varios minutos y nadie sabía de dónde venían unas pocas gotas de sangre que le manchaban la nuca, ni siquiera la mujer mayor que lo había encontrado sin conciencia y que ahora lo velaba desde una silla de plástico. Ana Magdalena sentía que se moría. Sentía un hormigueo persistente en los pies, como si la corriente eléctrica de todo su cuerpo se estuviera arremolinando allí y se alistara para hacerla estallar. Las manos le temblaban. Tenía la sensación de estar hundiéndose en su propia cabeza, la cual le burbujeaba por dentro. Todo lo que estaba a su alrededor se sentía lejano y volátil, como un espejismo, como un sueño, como una alucinación. En un intento por no salir expulsada de este mundo, se sujetaba de los brazos de las enfermeras que entraban a preguntarle cuándo fue su última menstruación o si era alérgica a algún medicamento. Gemía. Temblaba. Pero ellas no podían hacer nada para sacarla de ese limbo. Algo más poderoso que la voluntad, que el miedo y la vida la jalaba para abajo. La muerte, Ana Magdalena lo sabía muy bien, es uno de los temas que les son más ajenos a los profesionales de la salud. La ven todo el tiempo. Saben cómo luce un cadáver; qué le pasa durante las primeras horas después de que el corazón se detiene; saben cómo amarrar un pedazo de tela o gasa alrededor de la cara para que la mandíbula no se descuelgue y revele la mueca grotesca que anuncia la ausencia de aliento; saben cómo moverlo sin provocar que la descarga de excremento de rigor lo embarre todo. Saben qué apariencia y qué olor tiene la muerte. Pero no tienen idea de cómo se experimenta su cercanía, desde que asoma su nariz produciendo terror y soledad absoluta, hasta que se enrosca en el interior y comienza a estrangular órganos y pensamientos.

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Cuando el doctor llegó al hospital comprobó que no había nada raro en los exámenes de sangre de Ana Magdalena. Todos los valores eran normales, considerando su edad, género y peso. Estaba seguro de que era otra persona más que llegaba a Emergencias, buscando ansiolíticos y tranquilizantes. O peor aún, atención. De esos había unos dos a la semana. Pocas cosas le sacan más de quicio que los adultos jóvenes que no pueden controlar sus propias vidas y que caen adictos a drogas caras, recetadas por psiquiatras que cobran 80 dólares por consulta, dinero que, con seguridad, pagan los padres. Era su deber ético y moral darles una lección. El doctor le dijo a la licenciada Atapuma que la hospitalización era necesaria, que debían hacerle más análisis de sangre y una resonancia magnética del cerebro para descartar que el temblor de sus manos tuviera causas neurológicas. Con la hospitalización de Ana Magdalena, él se aseguraría los honorarios de dos días. Claro, tuvo que aparecer un rato por el cubículo 14 para hacerle un examen clínico que justificara su ingreso. Le pidió que se pusiera de pie y levantara sus brazos por algunos segundos. Ella temblaba pero logró mantener el equilibrio, aunque no pudo evitar que la abertura trasera de su bata le dejara descubierta la baja espalda y las nalgas. Le pidió que se tocara la punta de la nariz, que le sujetara las manos con fuerza, que mirara al frente mientras le examinaba los ojos con la linterna de su iPhone. Mientras hacía todo eso, la respiración y el corazón de Ana Magdalena nunca bajaron su velocidad. Una gota de sudor resbaló por su costado. Sentía que caía. De hecho, sentía que ya había caído —hace muchos años, desde su primer ataque—, y que el lugar en el que se encontraba desde entonces era un negativo gastado de la realidad. En el mundo real le era permitido estar sólo por estadías cortas, durante las que ella nunca pudo sentirse en casa. El miedo a la muerte, el miedo a experimentar ese pánico, le acechaban a cada paso. Y donde hay miedo, no hay hogar. Para Ana Magdalena, el mundo real es un eufemismo que usan quienes no tienen trastornos psiquiátricos para referirse al mundo de los sanos. En su mapamundi personal, las fronteras no dividen a los habitantes por países, sino por el grado de terror que experimentan.

Ana Magdalena comprobó que el doctor no tenía ninguna intención de impedir que continuara su descenso hacia el mundo-negativo. En su lugar, le soltó con voz desinteresada su veredicto: sus pupilas estaban más dilatadas de lo que es normal y sus reflejos estaban aumentados. Le dijo que la hospitalización era absolutamente necesaria y se fue. En el cubículo quedó un rastro de su colonia. Al día siguiente, el doctor volvería después de tomar su expreso ritual. La resonancia no mostraría ninguna anomalía, pero costaría cerca de mil dólares. Y sólo quedaría pendiente el asunto del pago de sus honorarios.

***

Era un poco excesivo tener que quedarse y pagar una noche de hospitalización —en un hospital privado—, además de la atención de emergencia y del costo de los exámenes. Pero Ana Magdalena contaba con ello. Durante el examen clínico logró modular la voz  para preguntarle al doctor si no podrían hacerle la resonancia magnética como paciente ambulatorio. Él dijo que no. Con eso también contaba. Pero el estado en el que se encontraba no le dejaba asimilar con entusiasmo la noticia —su plan estaba funcionando, después de todo— y empezó a creer que de verdad tenía algo en su cerebro o en su sistema nervioso. Algo orgánico. Algo que podía ser fotografiado con algún equipo médico. Algo capaz de dejar rastros en su sangre. Algo no tan abstracto como su síndrome generalizado de ansiedad y su trastorno de pánico. Empezó a creer que en verdad se estaba muriendo, que el doctor había hecho algún hallazgo mientras la examinaba y que pronto esa corriente de calor que se alojaba en su cabeza le arrastraría fuera del plano material y hacia la nada. Oscuridad. No existencia. El final. Pero el desafío justamente era sobrevivir a esa trampa. No creerle al doctor. Se había preparado para ello durante meses. Su ataque debía ser real y por eso dejó de tomar sus medicinas para provocarse uno. Por eso se excedió en el número de tazas de café que tomaba por las mañanas. Por eso empezó a “corregirlas” con un chorrito de brandy. El miedo, y no el estar en peligro de muerte, es lo que atrae a doctores como el que la estaba tratando. Tenía que recordarlo. El miedo es lo que les hace salivar y afilar los dientes. Lo que despierta el hambre de sus ya hinchadas billeteras. Si de verdad estuviera en peligro, se dijo, la mantendrían en Emergencias o la pasarían a cuidados intensivos.

***

Al día siguiente —el domingo— yo desperté en una de las habitaciones del hospital. Junto a mí, Ana Magdalena empujaba la mesita del desayuno lejos de su cama. No se veía bien; había estado despierta toda la noche. El día anterior, cuando recobré la conciencia, estaba en la sala de Emergencias. La señora Carrera, la dueña de la casa donde funciona el taller mecánico en el que trabajo, dormitaba en una silla junto a mi cama. Estaba mareado. El doctor de Ana Magdalena debía haberme atendido desde el inicio, pero no fue así. Es uno de los neurólogos que el hospital tiene en llamada y todo Quito lo conoce por reputación. Pero unos minutos antes de que ella llegara tambaleándose a la puerta de Emergencias, la licenciada Atapuma me vio bajar de la ambulancia en una camilla y decidió —gracias a que mi camiseta blanca y jeans rotos estaban manchados de grasa— que yo no podría pagar sus honorarios. Entonces les dijo a las enfermeras que no molestaran al buen doctor con mi caso y que llamaran al doctor Vega en su lugar.

El doctor Vega, como todos los médicos que recién empiezan su práctica como especialistas, cree que lo sabe todo. Y yo prefiero que me trate un médico que cree saberlo todo a que me trate uno, como el buen doctor, que está seguro de saberlo todo. Pero éste era un caso especial. Era crucial que él me atendiera. Ana Magdalena y yo debíamos gastar todo el dinero posible, ése era el plan. El doctor Vega ni siquiera notó la pequeña abertura en mi cabeza. Yo había usado la llave cruz contra mi coronilla. La idea había sido sangrar mucho y, en el peor de los casos, tener una concusión leve. Vega se limitó a preguntarme lo que ya me había preguntado la enfermera y el médico residente. Le respondí lo que les había respondido a ellos: que no recordaba lo que había pasado. Que sólo recordaba sentir frío mientras arreglaba el escape de un Grand Vitara en el taller y que luego desperté en la sala de Emergencias, con un suero mordiéndome el antebrazo y la licenciada Atapuma interrogándome a mí y a la señora Carrera. No mencioné el golpe. No decir nada me daría más tiempo en Emergencias. Y eso también significaba que me harían más exámenes, y más exámenes significaban más plata. Que a Ana Magdalena y a mí nos pusieran en la misma habitación fue un bonus. Le habíamos apuntado a que nos pusieran en el mismo piso, lo que sería lógico, porque ambos fuimos admitidos la misma tarde. Además, a los dos nos hicieron exámenes cuyos resultados serían revisados por los especialistas correspondientes a la hora y en el día en que a ellos les diera la gana de pasar por el hospital. En mi caso, el doctor Vega había pedido que un doctor más experimentado se hiciera cargo. Si no me asignaban al doctor de Ana Magdalena, el plan no se cumpliría en todo su potencial y correríamos el riesgo de que me dieran de alta anticipadamente. Peor aún, de que no me cobraran lo suficiente. Pero cuando Ana Magdalena le dijo a la licenciada Atapuma que ella sería garante de mi hospitalización, el panorama cambió. Ya no hubo motivos para que el buen doctor no me revisara una vez que Vega escapó del cuadro. No fue difícil montar la escena de la chica bien a la que se le da por hacer altruismo con el pobre diablo del cubículo de al lado. Nos habíamos asegurado de involucrar a una tercera parte. La señora Carrera —que desprecia los hospitales públicos desde que su esposo murió de desnutrición en uno— se encargaría de llamar a la ambulancia o de llevarme al hospital en un taxi (sorprendentemente, el servicio de Emergencias respondió a la llamada que ella hizo desde su celular y mandó una ambulancia que llegó en menos de 15 minutos). También era parte del plan que Ana Magdalena llegara un poco después que yo. La idea era que el personal médico viera que ella había notado mi presencia y que se preocupaba por mi situación. Llegar con un ataque de pánico genuino había sido idea suya. Yo había insistido en que fingiera uno, pero ella no cedió. Cuando convives con un síndrome de ansiedad generalizada y trastorno de pánico, aprendes a tolerar cantidades masivas de miedo. Aprendes a ceder ante él porque sabes que la corriente puede destrozar a un cuerpo que se resiste, que pelea, que se mueve. Es mejor quedarse muy quieto, y esperar que te lleve a una orilla mansa en lugar de lanzarte contra una roca y partirte en dos.

Ana Magdalena había aprendido a quedarse muy quieta, y sentía que la lección que quería darse a sí misma sería mucho más grande si el impacto era físico y psicológico y no sólo al bolsillo. Estaba decidida a curarse. Y lo haría de un solo tajo, así eso le costara todo el dinero que su papá le dejó. Perder los pocos ahorros que él había podido acumular durante una vida de romperse trabajando en el taller mecánico —y tener que lidiar con ese cargo de conciencia— era el único camino que ella encontraba para obligarse a controlar su condición. Había hecho los cálculos. Si no lo perdía todo en una hospitalización, de una sola vez, lo perdería poco a poco, comprando las medicinas carísimas que los psiquiatras le recetaban o siendo despedida del trabajo de turno por no ser capaz de funcionar durante sus eras de pánico. Ana Magdalena me contó el plan cuando ya estaba decidida a ejecutarlo. Elegí ayudarla. Elegí contestar la llamada en la que me avisaba que un ataque llegaría pronto. Elegí ser cómplice de su bancarrota, de su emancipación, del grito desesperado detrás de su plan. Elegí golpear mi coronilla con la llave cruz —y lo haría las veces que fueran necesarias— para que ella pudiera cruzar el puente. Para que abandonara el planeta-negativo y su exilio llegara a su fin. Para que, de una vez por todas, volviera a este mundo, a la tierra de los sanos, al planeta sin pánico. O, al menos, elegí hacerlo para poder sostener su mano si todo salía mal.

SOBRE LA AUTORA

Marcela Ribadeneira

ECUADOR

Ecuador, Italia, Israel, Palestina… Los lugares en los que ha vivido (y creado) esta ecuatoriana (Quito, 1982) marcan una obra jalonada de cuentos, microcuentos, así como de crónicas y perfiles periodísticos.

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