En el viento

ULISES JUÁREZ POLANCO

How many times can a man turn his head

pretending he just doesn’t see?

The answer, my friend, is blowin’ in the wind.

Bob Dylan

 

Esta historia inicia con la fotografía de la parte trasera de una máscara de lucha libre, mientras miramos las agujetas sueltas y el espacio vacante del Hombre infinito. No se nos estaba dado ver las manchas carmesí de los impactos de bala sobre la tela celeste de su anverso.

Esta era una más de las tantas imágenes que ilustraban las notas de los principales diarios del país, a la par de títulos sensacionalistas como “El fin del Hombre infinito”, “Se acabó el Infinito” o la que guardé y enmarqué, correspondiente a El Espectador, “Un hombre menos en el infinito”. Se perfiló rápidamente como el caso más sonado y comentado en oficinas, noticieros, hogares, restaurantes, centros de apuestas, gimnasios, prostíbulos y avenidas. Todos tenían algo que decir, una frase amable, un comentario irónico, una lágrima sincera. Era también el expediente soñado de cualquier abogado penalista. Ahí aparecí yo, ofreciendo mis servicios como si fuera la reencarnación de Johnnie Cochran, Helena Kennedy o cualquier otro penalista de renombre internacional, mendigando no por los honorarios, sino por la exposición mediática que conllevaba el crimen. ¿Por qué negar mi participación en casos de igual envergadura o aquella ambición juvenil que me llevó a la cima?

Hablando con sinceridad, a los sesenta años me encontraba en un punto donde me debatía entre la literatura y las leyes. Me despertaba, todos los días, partido en dos, lidiándose a golpes una mitad que era buena como abogado pero ya no amaba la profesión, y otra mitad que jamás cultivó las letras pero las añoraba como un amor adolescente. Hice un pacto conmigo mismo: si ganaba este caso, seguiría sumergido en códigos, leyes, boletines judiciales, habeas corpus, barrotes y jueces malhumorados hasta que mi cuerpo terminara de marchitarse como árbol de otoño y no pudiera diferenciar, por las cataratas inevitables, si lo que estuviera frente a mí fuera mi cama o el comedor; o en broma de Germán, cuando mi oído olvidara distinguir entre una rola de Los Beatles y una de Los Bukis. Si perdía, dejaría todo y con mis ahorros huiría a una cabaña en el bosque para escribir cuentos.

Siempre fui fanático de los cuentos y cuando tenía veintiún años me dieron una beca de escritor en México que dejé a la semana para regresar a mi país, tras una oferta laboral en una oficina de leyes y una impostergable nostalgia de lo conocido. Quizás, ahora que no tengo familia además de Emerson, mi san bernardo de nueve años, podría dedicarme a la literatura y olvidarme de los laberintos de los códigos, de los pasillos mugrientos de los tribunales y de las sonrisas hipócritas de mis colegas de profesión.

―Véala usted, ¿cómo va a creer que ella hizo eso tan terrible, si el monstruo era ese hombre que quería robarse a nuestra hija? ―me repetían sus padres al poner sobre la mesa una fotografía reciente en que Patricia, la inocente Patty, sonreía pura en la noche iluminada de Times Square, con la publicidad irónica a sus espaldas de la nueva temporada de Desperate Housewives.

Quienes conocían a Patricia Bates opinaban igual: nadie lograba creer que había asesinado de forma tan fría a su pareja. Bastaba verla frágil y ajena a la maldad humana, con su metro cincuenta y menos de cuarenta kilos, para renegar la noticia. Por el contrario, yo siempre he sabido que la maldad viene en frascos pequeños y Patricia Bates cumplía a cabalidad cada una de las características de una asesina en potencia, siempre a las puertas de algo sombrío: “mujer dependiente de su esposo entre 22 y 44 años”, la Patty tenía 31 años, con pareja dominante a pesar de que esta última contase con una educación inferior, “elementos categóricos” según la pirámide de Rasko (Vásconez, C., 1968, p. 69). Era además, obsesiva con los detalles, casi patológicamente, hija única de padres ya mayores por quienes habría hecho cualquier locura, sin descendencia, egocentrista y poseedora de un evidente don de gente que la hacía irresistible y tierna a los demás, características que sumado a lo que señala, por su parte, Aguilera, A. F., Wagner, F. C., Ramírez N. M. y Gutiérrez J. F., en Construcción de perfiles criminales femeninos potencialmente explosivos: la venganza de las faldas, confirman una inminente situación de violencia llevada al extremo. “La maldad viene en frascos pequeños”, volví a pensar silenciosamente. Pero tomé el caso, con mi anhelo de futuro incierto no exento de los reflectores y titulares que atraerían este caso.

―Señores, antes de tomar una decisión necesito saber si ella lo hizo ―comenté con la mirada fija en los ancianos Bates.

―¿Cómo va a creer eso? Ella es incapaz de maltratar a un insecto. ―La mano de don Tiburcio mostraba el paso del tiempo, la piel manchada y plegada múltiples veces sobre sí misma.

―Algunos insectos necesitan ser eliminados sin dilación, ustedes deben saberlo. ―La anciana Bates casi lloraba con cada una de mis palabras.

―Sí, pero ella es especial. Ella no hizo nada, es solo la víctima de un montaje abominable.

―¿Entonces, fue el sujeto con siete disparos en su rostro el responsable?

―Pero señor Duboso, ¿por qué dice eso? ―preguntaron al unísono.

―Porque necesito saber a quién voy a defender. Digamos que es para llevar mi cuenta moral. Independientemente, yo sacaré a su hija de la cárcel.

―Es que ella no lo hizo, estamos seguros de que no lo hizo.

Era una rutina harto conocida. Después de tantas décadas ejerciendo la abogacía, el resultado de la entrevista preliminar reflejaba lo mismo de siempre: defendería a una inocente envuelta en una trama siniestra.

 

***

 

Alguna vez, recién salido de la Facultad, prometí jubilarme nomás tocase defender a un cliente que reconociera su culpabilidad. Estuve a punto de hacerlo en un caso que ustedes seguramente recordarán: Jeff Hammer o El carnicero de Alabama, a quien defendí durante una breve y turbulenta temporada en los Estados Unidos. En aquel caso ―su segundo cargo por asesinato― mi representado ultimó a un joven de color y aunque amaneció abrazado al cuerpo frío, lleno de fotografías que él mismo tomó mientras torturaba a su víctima, juró no recordar haberle hecho daño alguno. Logré sacarlo libre mediante una maniobra legal, conformando un jurado donde todos excepto uno eran miembros del Ku Klux Klan. Aunque era obvio que Hammer había intimado con su víctima, el jurado estuvo de acuerdo con mi argumento: mi protegido había sido manipulado por el joven de color hasta el punto en que tuvo que defenderse, lamentablemente de forma violenta. Todas las personas de color son siniestras, fue mi argumento de cierre, y gané aplausos. Poco le importó al jurado que la policía encontrara en el apartamento de Hammer miles de fotografías de sus anteriores víctimas y hasta cráneos, huesos y órganos humanos, guardados en el congelador, maceteras y bañera: en este caso fue defensa propia, concluyeron. Antes de que el jurado dictara sentencia, Hammer se me acercó y me compartió, en lágrimas, que “ya lo recordaba todo, que él era culpable”. Me confesó y yo le increpé que guardara silencio. Después de un culebrón de dos semanas que se transmitió en cadena internacional (desde TVNoticias en Nicaragua hasta Al Jazeera en Qatar, desde CNN en Atlanta hasta la londinense BBC), Hammer fue declarado inocente, lo embarqué en un avión hacia Europa para nunca verlo más y yo regresé a mi país convertido en un controvertido penalista de primera. “El cínico del año” me bautizó un periódico que encuadré y conservo en mi despacho, orgulloso.

 

En el caso de Patty el escenario pintaba en su contra. La evidencia mostraba que era tan culpable como oscura y abultada era mi cuenta moral. A pesar de múltiples incongruencias, lo más determinante eran los casquillos recuperados, cuyas estrías eran plenamente coincidentes con la 9mm que Patty tenía registrada a su nombre y que fue encontrada horas después entre las margaritas, lilis y girasoles del jardín. Sus huellas también estaban en todas partes. El ADN recuperado en el arma homicida coincidía parcialmente con el de la inocente Patty. “Parcialmente” era suficiente para ponerla en la guillotina, considerando que similar a Hammer, Patty amaneció junto a su víctima. Pueden comprender que si uno amanece al lado de la víctima, y la víctima tiene en su rostro una descarga de una 9mm, no hay mucho por hacer.

Patty fue juzgada por asesinato con todos sus agravantes y la Fiscalía pedía la pena de muerte. Su coartada: “No recuerdo nada”. Peor. Lo único que se erigía entre ella y la luz blanca al final del laberinto de la vida era un viejo abogado confundido que para remate no le creía ni una sola palabra.

 

El Hombre infinito era el nombre de escenario de John Court, según los organizadores del Consejo Mundial de Lucha Libre, CMLL, con domicilio en el Distrito Federal, institución rectora de los espectáculos de la mítica Arena México y posteriores sedes a lo largo de todo el territorio mexicano. En realidad, según los expedientes de Metlatónoc, Guerrero, quizás el pueblo más pobre en el interior de la República, Juan Cortés nació en 1976. A sus cinco años emigró con sus padres, no a la capital o al Norte como podríamos suponer, sino hacia Australia. Cuando cumplió dieciocho años y ya iniciado en la lucha libre, cambió su nombre a algo más acorde con su nueva vida anglosajona: John Court. En su último viaje decidió regresar a México, persuadido por una generosa oferta del CMLL y adoptó el seudónimo del Hombre infinito, con una máscara fabricada en terlenka y tela metálica sport, color azul mar, cubriéndole todo el cráneo con detalles simétricos, insinuando el signo del infinito (∞). La misma fue fabricada por el propio Ranulfo López, creador de la careta que Huracán Ramírez hiciera famosa entre los años sesenta y ochenta, y a quien el Hombre infinito deseaba rendirle homenaje evocando el diseño de la tela que protegía su rostro e impregnaba a su personaje de misterio.

El Hombre infinito tuvo éxito. Se convirtió rápidamente en un mimado de los fanáticos y en una máquina de ventas. A diario podía vérsele en anuncios de toda índole, campañas de beneficencia, programas de televisión y hasta reality shows. En una ocasión cruzamos camino en un restaurante de comida china sobre la Avenida Cuauhtémoc. Me pareció amable, y aún más a la mesera que recibió una propina de cien dólares. Sus exequias fueron espectaculares, a tal magnitud que las compararon con las de Michael Jackson en Los Ángeles. Y según la estrategia acordada con los ancianos Bates, a este hombre amable y amado era a quien debía retratar como un monstruo, un chupacabras desalmado que estaba destruyendo a su hija, la inocente Patty.

 

―Señorita Patricia, ¿cómo lo mató? ―le pregunté sin aspavientos.

―Señor Duboso, no tuve nada que ver. Yo lo amaba.

―Las pruebas dicen que usted es la asesina. A mí me da igual. Pero necesito saber cómo lo hizo para encontrar el mejor camino a un fallo absolutorio.

―Le insisto, señor, no sé qué pasó. Cenamos con mis padres, regresamos, hicimos el amor y nos dormimos temprano. Cuando desperté su cuerpo ya estaba frío.

―¿Está insinuando que su novio fue asesinado por siete disparos a su rostro mientras dormía a su lado, y no se dio cuenta?

―Eso mismo, señor. ¿Por qué estoy siendo procesada si yo también pude haber sido una víctima? ¡Solo Dios sabe por qué los asesinos no me mataron!

―Tiene muy buenas dotes histriónicas, señorita Patricia.

La muy atroz merecía un contrato en alguna telenovela latinoamericana, hubiera convencido a cualquiera. Sin embargo, las pruebas eran fulminantes. No quedaba más que alegar la jugada sucia de todo abogado poco creativo: demencia temporal. Usar esta técnica era el equivalente de portar un rótulo al estilo “llevo cuarenta años siendo abogado y sigo tan bruto como el primer día”, pero en este caso podría resultar. Si lograba demostrar una violencia continua contra Patricia, la demencia temporal podría ser mi tiro de suerte.

Perdí mi tiempo.

Como si estuviera en una de mis peores pesadillas, todos describieron a Patricia y John Court como la pareja perfecta, especialmente a Court como el enamorado soñado, “un príncipe azul que haría cualquier cosa por la felicidad de su damisela”.

Me jodí.

Mientras la investigación avanzaba, los abuelos Bates me presionaban. Patricia no cooperaba e insistía en no haberlo hecho ni recordar qué pasó. La noche anterior al crimen asistieron juntos a una cena con sus padres en un restaurante propiedad del chef nicaragüense Nelson Porta. Comieron un corte argentino, vino y platicaron sobre el futuro en Estados Unidos. John Court había recibido una oferta para pelear en la World Wrestling Entertainment, Inc. (WWE), la organización de espectáculos de lucha libre más grande del mundo. John y Patty estaban considerando mudarse a alguna ciudad del noreste estadounidense para buscar fortuna antes de que la edad alcanzara al Hombre infinito, o Infinite man como pasaría a llamarse. Tenían suficiente dinero ahorrado y, efectivamente, mostraban estabilidad. “No se han casado únicamente porque Patty no ha logrado convencer a John que no puede casarse por la iglesia con su máscara”, resonaron en mi memoria aquellas palabras de la mejor amiga de Patty. Busqué la lista de reservaciones y entrevisté a las treinta y cinco personas que estuvieron mientras los Bates cenaban. Entrevisté al anfitrión del restaurante, a sus meseros, al personal de limpieza, entrevisté al propio chef (un gordo japonés que no dominaba ni una palabra de español), a sus asistentes. Absolutamente nadie recordaba nada anormal. “Falta un mesero que pidió el día libre”, recordó el anfitrión. “Bingo, he ahí mi salvador”, pensé, saltando en mis interiores con la alegría de un niño después del primer beso. Mi entusiasmo duró poco: lo único anormal que el mesero recordaba era que los Bates abrieron una botella de The Domaine de la Romanée Conti La Tâche Grand Cru, que ellos mismos habían traído, “para brindar por una vida de éxito en Norteamérica”.

Regresé derrotado a casa, alimenté a Emerson y encendí la televisión. Presentaban un especial sobre el velorio del Hombre infinito. Las imágenes mostraban su vela en el Palacio de Bellas Artes, evocando la conmoción nacional a la muerte de Frida Kahlo. Recordar que fue enterrado con su máscara, al estilo de otro gigante de la lucha libre mexicana, Blue Demon, me entristeció. A estas alturas yo no estaba claro de qué había pasado y podía afirmar no tener absolutamente nada a mi favor. Algo en mis entrañas se estaba vaciando, por lo que me emborraché de whisky hasta quedar dormido.

 

El día del juicio llegó. La Fiscalía insistió en las pruebas dactilares, en la coincidencia “parcial pero tajante” del ADN, en el perfil de la sanguinaria Patricia Bates, en el arma homicida encontrada. La fiscal hizo muy bien su trabajo, jugando seguro a la emotividad del recordado John Court. Procuré rebatir en la ausencia de un móvil convincente por el cual la inocente Patty tendría que asesinar a su querida pareja, en los resultados negativos de la prueba de pólvora y en el hallazgo que ―supuse― me salvaría el caso sin recurrir a la demencia temporal: un examen milimétrico de sangre. La lucidez que uno puede lograr después de amanecer abrazado a una botella de whisky puede impresionar al más respetado de los científicos. Existen miles de sustancias que pasan desapercibidas en los rutinarios exámenes de sangre hechos por la unidad criminalística, y tenía la certeza de que se encontraría algo. Habían pasado varios días pero aun así se localizaron restos de un tranquilizante, “en una dosis suficiente para dormir a una ballena”. No exactamente a una ballena, pero eso fue lo que dije al jurado. “¿Cómo podía la inocente Patty asesinar a su novio si estaba más dormida que una piedra en el fondo del mar? No hay registro médico que mi defendida fuera sonámbula o sufriera de algún desorden vinculado al sueño. Si Patricia Bates no escuchó las detonaciones fue simplemente porque el asesino la sedó”. El jurado no reaccionó a mis alegatos. Mi argumento de cierre fue rescatar todas las frases emotivas que no usaba desde segundo año de universidad.

“Inocente es quien no necesita explicarse”, de Camus.

“La fuerza más fuerte de todas es un corazón inocente”, de Víctor Hugo.

“La inocencia no tiene nada que temer”, de Racine.

“La justicia es la verdad en acción”, de Disraeli.

“La justicia debe imperar de tal modo que nadie deba esperar del favor ni temer de la arbitrariedad”, de alguien que no recordé el nombre pero atribuí a la Biblia. La Biblia nunca podía estar de más en casos como este.

Disparé todas mis municiones, y perdí el caso.

Me volví a joder.

La audiencia para fijar sentencia sería el mismo día. No tenía duda de que la jueza actuaba presionada por el furor mediático del juicio. En cualquier otra circunstancia se hubiera revisado la evidencia con mayor detenimiento, instruyendo a todos los miembros del jurado a prestar atención a los argumentos forenses de la defensa. Aun en caso de perder, cualquier otro juez hubiera permitido un par de semanas para dictar sentencia. En este caso, la jueza había organizado uno de los procesos más rápidos en la historia del derecho penal. Los ancianos Bates lloraron desconsolados, mientras repetían “¿qué ha pasado? ¿Qué hemos hecho?”. Algunos asistentes les contestaban que habían parido a una asesina.

Esa misma tarde, a las dieciocho horas, la jueza fue fulminante: “Patricia Bates, le condeno a la cámara de gas”. Los ancianos Bates se desmoronaron y tuvieron que ser llevados de emergencia a un hospital. Soy un canalla, lo sé, pero aquel cuadro no dejó de afectarme en todos mis costados.

 

Las semanas que sucedieron al día del juicio fueron terribles. No estaba preparado para perder. No quería saber nada de leyes ni literatura. No tenía ni puta idea de qué había pasado. No sabía qué sería de mí lo que me quedara de vida. Había perdido la fe en mí mismo. Para dibujar claramente cómo me encontraba, basta confesar que Emerson me cuidaba. Me pasaba el día entero tirado en la cama, repasando mentalmente los detalles del juicio, y Emerson iba y venía trayéndome cervezas de la refrigeradora u ofreciéndome, caritativamente, su plato de comida con pedigree. Mi buen perro, y yo, hecho un asco.

Los biógrafos de Thomas Alva Edison señalan que cuando este ideó mentalmente por primera vez el esquema del bombillo eléctrico fue como una súbita explosión en su cerebro que le permitió viajar en el tiempo y conocer los misterios de lo desconocido. Tirado yo en la sala de mi casa en un estado entre la vigilia y la somnolencia alcohólica tuve mi propia explosión súbita. “¡Maldita sea!”. Me vestí lo más rápido que pude y manejé como condenado hacia la Milla Verde de la Penitenciaría Federal. Todo cuadraba. Pedí entrevistarme con ella y aunque ella no quería verme, por ley seguía siendo su defensor y tutor legal.

 

―¿Por qué lo hiciste, Patty?

―¿A qué se refiere, señor Duboso?

―Basta de mentiras. Todo fue una farsa. En un inicio no sabías nada, pero después conociste al asesino. O debo decir, a los asesinos. Tenías razón en no recordar nada, pero en lo que tú fuiste una digna estrella de telenovela, tus padres fallaron.

―No sé de qué me habla, señor.

―Dame la verdad, perra.

―La verdad está en el viento, señor Duboso.

―Me resultaban curiosas las frases escogidas por tus padres. “¿Qué ha pasado? ¿Qué hemos hecho?”. Ellos no se llevaban bien con Court. Lo odiaban porque se llevaría a su única hija a otro país. Sin amigos, sin familia, no podrían soportar la soledad en su ancianidad. La botella The Domaine de la Romanée Conti La Tâche Grand Cru tenía el sedante. Tú no lo sabías en ese momento, lo descifraste al día siguiente. Tus padres sabían que John no podía consumir alcohol porque estaba a punto de firmar contrato y eso conllevaba un examen médico. Se cuidaba a más no poder. Pero no había duda que tú beberías, ‘Belladurmiente’. Lo hiciste, y al despertar, “su cuerpo ya estaba frío”. Enfrentaste a tus padres, quienes se rompieron y te contaron lo que pasó. Tomaste el arma y la escondiste en tu patio. Eso explica tus huellas dactilares cubriendo el resultado parcial del ADN, pues corresponde al de tu padre. De todos modos, asumiste la culpa porque sabías que tus padres morirían en prisión.

―Señor Duboso, la verdad está en el viento.

 

La muy atroz era inocente. Las palabras del viejo Bates me resonaban a cada instante: “Ella no hizo nada, es solo la víctima de un montaje abominable”, “es que ella no lo hizo, estamos seguros de que no lo hizo”. ¿Cómo no iban a estar seguros si eran ellos los culpables? Ya Aristóteles en La familia ideaba la pirámide escalonada del amor: el amor a los hijos propios, el amor a los padres, el amor a la pareja, el amor a los amigos, los amores pasajeros. Patty amaba a John Court pero tomó la culpa por amor a sus padres. Por qué carajo alguien tomaría esa decisión, seguía siendo para mí un misterio. Sin embargo, no fui el mismo después del caso. Mi última intervención legal fue pedir una revisión de sentencia, suficiente para retrasar la ejecución. Cumplí mi promesa y abandoné las leyes, que desencadenó otro show mediático señalando mi desastrosa derrota como la responsable de mi retiro. “Se va el cínico”. También guardé ese periódico y lo enmarqué.

Ya sabía la verdad, y conocerla me dio vida, por muy siniestra que resultara la revelación. Me refugié en una cabaña a la costa de una laguna y empecé a escribir mi primer cuento desde la beca en México. Me acompañaba una canción de Bob Dylan sonando en la radio. Tenía la historia en mi cabeza y solo había que pasarla en limpio: “Esta historia inicia con la fotografía de la parte trasera de una máscara de lucha libre…”.

SOBRE EL AUTOR

Ulises Juárez Polanco

1984-2017

NICARAGUA

“He sido hasta ahora un cuentista, un narrador de historias, digamos, cortas, autocontenidas. Por deformación de la costumbre, el cuento es donde encuentro más comodidad, porque obviamente es mi zona de confort. Pero en el último par de años he estado trabajando, intermitentemente, en una novela un tanto ambiciosa, y en este género comienzo a encontrar comodidades que me eran impensables encontrar en el cuento”.

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